No siempre podemos elegir lo que nos sucede, pero sí podemos aprender a elegir la actitud con la que lo enfrentamos.
A lo largo de la vida, nuestros hijos vivirán momentos maravillosos, pero también enfrentarán errores, pérdidas, decepciones y cambios inesperados. Como padres quisiéramos protegerlos de todo aquello que pudiera lastimarlos, pero sabemos que no
siempre podremos hacerlo.
Lo que sí podemos hacer es prepararlos para la vida.
Podemos enseñarles que equivocarse no los convierte en fracasados, que una dificultad puede dejar un aprendizaje y que, incluso cuando las circunstancias no sean las esperadas, siempre pueden decidir cómo responder.
Ahí comienza el poder de la actitud.
Nuestra manera de reaccionar también educa
Pensemos por un momento:
¿Qué aprenden nuestros hijos cuando nos observan enfrentar una dificultad?
¿Nos ven desesperarnos o buscar alternativas?
¿Nos escuchan quejarnos constantemente o también agradecer?
¿Nos ven rendirnos ante un fracaso o levantarnos y volver a intentarlo?
Podemos hablarles de optimismo, fortaleza y resiliencia, pero la enseñanza más poderosa llegará cuando puedan observar esas cualidades en nosotros.
Cuando un hijo escucha: “Esto es difícil, pero vamos a buscar una solución”, aprende esperanza.
Cuando nos ve reconocer un error y volver a intentarlo, aprende humildad y perseverancia.
Cuando descubre que podemos sentir tristeza, enojo o frustración sin permitir que esas emociones controlen nuestras decisiones, aprende algo fundamental: tener una actitud positiva. No significa negar lo que sentimos, sino aprender a gestionarlo de manera
saludable.
Una circunstancia difícil puede ser parte de nuestra historia, pero no tiene por qué definir toda nuestra historia. Por eso es importante enseñar anuestros hijos a agradecer lo que tienen mientras trabajan por lo que desean; aceptar aquello que no pueden cambiar y actuar sobre lo que sí está en sus manos; reconocer sus fortalezas, pedir ayuda, aprender de sus errores y comenzar nuevamente cuando sea necesario.
Gratitud, aceptación, amor propio, resiliencia y esperanza no son solamente palabras bonitas: son herramientas para la vida.
Antes de enseñarles, observemosnuestra actitud.
Queremos hijos positivos, pero ¿cómo hablamos nosotros de la vida?
Queremos hijos agradecidos, pero ¿nos escuchan agradecer?
Queremos que toleren la frustración, pero ¿cómo reaccionamos cuando las cosas no salen como deseamos?
Queremos hijos resilientes, pero ¿qué hacemos nosotros después de una caída?
Nuestros hijos no necesitan padres que sonrían todo el tiempo ni hogares donde nunca existan problemas.
Necesitan adultos que les demuestren que es posible atravesar las dificultades
sin perder la esperanza.
No podremos resolver todos losproblemas que encontrarán en su camino, pero podemos ayudarles a construir una fortaleza interior que los acompañe toda la vida.
Enseñémosles a preguntarse:
¿Qué puedo hacer ante esto?
¿Qué puedo aprender?
¿Qué sí está en mis manos?
¿Cómo quiero responder?
Porque cuando nuestros hijos aprendan que no pueden controlar todo lo que sucede, pero sí trabajar en la manera de responder, les habremos entregado algo mucho más valioso que una vida sin dificultades: Les habremos enseñado a vivir.
Para llevarlo a la práctica
1. El frasco de “Sí puedo”
A través de este ejercicio podemos enseñar a nuestros hijos a reconocer sus avances y fortalecer la confianza en sí mismos.
- Coloquen un frasco o una caja en casa. Cada vezque algún integrante de la familia supere una dificultad, aprenda algo nuevo,
venza un miedo o encuentre una solución, escríbanlo en un papel y guárdenlo.
Por ejemplo: “Me equivoqué enmi tarea, pero la corregí” o “Estaba nervioso, pero me atreví aparticipar”.
Una vez por semana, lean algunos mensajes y pregúntense:
¿Qué descubrí de mí al enfrentar esta situación?
Mensaje para recordar: Los problemas que has superado también cuentan la historia de lo fuerte que te estás haciendo.
2. Del “no puedo” al “¿quépuedo hacer?”
Con esta actividad podemos transformar los pensamientos que nos paralizan en pensamientos orientados hacia soluciones.
Durante una semana, observen si pasan por su mente expresiones como: “No puedo”, “Todo me sale mal” o “Nunca voy a aprender”. En lugar de reprenderlas, conviértanlas en preguntas:
¿Qué sí puedo hacer?
¿Cuál puede ser el primer paso?
¿A quién puedo pedir ayuda?
Utilicen también una palabra muy poderosa: “todavía”.
“No puedo hacerlo… todavía.”
Estas sencillas palabras nos recuerdan que una dificultad presente no determina su capacidad futura.
Si se enfrenta una situación en la que alguien no quiere hacer una actividad o pone algún impedimento, pueden transformar esa frase en:
“No tengo ganas, pero lo voy a hacer”
“Estoy cansada(o), pero lo voy a hacer”
Reto para los padres: Les invito a practicar también con sus propias palabras. Nuestros hijos necesitan ver que nosotros también estamos aprendiendo.
3. Tres preguntas antes de dormir, con ellas aprendemos a reconocer lo positivo sin negar las dificultades.
Dedicar cinco minutos antes de dormir para conversar:
¿Qué agradezco de este día?
¿Qué situación fue difícil y cómo la enfrenté?
¿Qué puedo hacer diferente mañana?
Los padres pueden responder primero. Así la actividad se convierte en una conversación y no en un interrogatorio.
Importante: no corrijamoslas respuestas de nuestros hijos; aprendamos a escucharlos sin juzgar.
Lo que ellos consideran importante puede ayudarnos a conocer mejor lo que sienten y
necesitan.
Para reflexionar:
Hoy te invito a observar tu actitud durante un día, no para juzgarte, sino para hacerte consciente.
Cuando surja una dificultad, antes de reaccionar pregúntate:
¿Qué está aprendiendo mi hijo de la manera en que estoy enfrentando este momento?
¿Me gustaría que mi hijo reaccione así ante una dificultad?
Quizá descubramos que educar la actitud de nuestros hijos comienza, muchas veces, por transformar la nuestra.
Una buena actitud no consiste en enseñarles que todo estará bien. Consiste en enseñarles que, aun cuando algo no esté bien, pueden aprender a enfrentarlo.
